4/30/2018

55-La herencia de los Astur.


Muchas personas, se preguntan habitualmente: ¿Cómo hemos llegado a esto? No es una pregunta existencial en este caso, como ser, de donde proviene la humanidad o como fue el comienzo de la creación. Ichinén se pregunta en este instante, en que parte dio mal el giro y todo se vino abajo. Desertus, se responde, seguramente fue al salir de Desertus. Luego del fiasco que fue la reunión con el emir Almanzor. Estaban determinados a llegar con Johan al reino de Astur, lo más rápido que pudieran, para adelantar en el camino a los siervos de Rokuten, con la idea de evitar la influencia de sus mentiras al soberano de Astur. Tal como les había ido de mal con la gente del desierto, que creyeron cada una de las aseveraciones del emisario de los demonios. El guerrero Ichinén está acostado, boca arriba, en el suelo del salón real de Astur; con la espada sujeta contra el filo de un arma demoniaca. Sujetando esa otra arma, se encuentra el bruto infernal que conocieron en Desertus. Este desafío de fuerza, le está costando mantenerlo ¿Cómo hemos llegado a esto? Esa es toda la historia.
Ichinén y su amigo Johan viajaron en caballo hasta el puerto más cercano, el que fuera más próximo al reino que se dirigían. Astur era un reino de guerreros, dirigidos por un líder meritorio, que ganó el liderazgo siendo el más fuerte y hábil de todos. Ichinén recordaba su última visita en esas tierras, siendo niño y de la mano de su padre. Astur era muy distinto en ese momento, más tradicional, menos marcial. El rey de entonces, no podía recordar su nombre, pero seguro que no era el del regente actual, llamado Lord Jahan.
Los de Astur vestían unos escuetos trajes que no eran precisamente armaduras, aunque eran de metal. Más bien parecían decorativos o accesorios, poco protegían. Quizás eran para especificar rangos. Más allá de eso, apenas cubrían una o dos partes del cuerpo, el resto se mantenía a la vista. Ni bien llegados él y Johan, habían sido arrestados, apenas nomás de entrar en el palacio. Aunque difería de lo ominoso de los que vieron en Taranis, la arquitectura tenía una reminiscencia melancólica de una cultura que había cambiado de rumbo. Sin saber porque eran arrestados y conducidos al interior, Ichinén y su compañero no pudieron hacer otra cosa que dejarse llevar, después de todo, no parecían en peligro. A menos que contara estar rodeado de soldados armados y con actitud de perro guardián. El guerrero no entendía bien de que iba todo eso. Cuando entraron al salón del Asstaressi, como se le llamaba actualmente a su regente, vieron al mismo trío demoniaco que en Desertus. El mismo que había envenenado al emir en contra de Ichinén y sus advertencias, las cuales cayeron en saco roto.
-Jahan Ajneressi han llegado los mentirosos invasores como predije.-comentaba Devadatta, en tanto Johan soltaba un quejido de protesta o de dolor, no se sabe.
El salón estaba iluminado por fogones en vasijas enrejadas, podía ser parecer un sitio lúgubre, sino estuviera tan lleno de esos recipientes. En si, la luz era decente y todo era claridad, exceptuando los oscuros visitantes y sus intenciones. Casi como el emir, el asstaressi no articulaba palabra mientras Devadatta se pavoneaba con sus calumnias.
-Han llegado los emisarios de tus enemigos, aliados del reino central tiránico. Trayendo mentiras y engaños, sobre nuestras intenciones.-
Lord Jahan tenía la mirada dura y la mandíbula recia, todo el porte de un guerrero, incluido su traje de combate, que nada tenía de ceremonial. Detrás del hombre, se encontraba una mujer rubia de largo cabello, en parte trenzado, en parte atado. Ichinén intentaba apegarse a alguna clase de protocolo, pero no sabía que costumbres tenía esa gente. El reino de Astur había cambiado mucho, no solo su forma de gobierno. Jahan era algo más que el mejor guerrero y por ello rey, era la cabeza visible de una clase guerrera gobernante. No era un monarca que digitaba según únicamente su parecer, el gobernar allí era más complejo que en otras tierras.
-Muy bien, embajador, dice la verdad. Han venido y armados también. Ahora quiero escuchar sus razones…-manifestó el asstaressi, elevando la mano hacia Ichinén.
El guerrero respiró hondo y se preparó mentalmente en los pocos segundos que tenía para inspirar. No era un experto en la oratoria y siempre había odiado los encuentros diplomáticos, pero llegado a este sitio, no le quedaban más opciones que expresarse de la mejor forma posible.
-Su excelencia, asstaressi Jahan, mi misión es de paz y vengo aquí con una advertencia.-comenzó el duque de Menkalinam.
Siguió hablando con parsimonia y tranquilidad, obviando los gestos burlones realizados por Devadatta y compañía. Explicó todo su viaje desde Taranis, el relato de Johan, lo avistado en el viaje, las intenciones de los demonios en la isla Kerkyra…
-Esas son calumnias, noble Jahan, no poseen ninguna prueba de esto, excepto el testimonio de este dudoso testigo.-exclamó Devadatta, fingiendo indignación.
-Si fueran por la isla al sur, podrían verlo…-expresó Ichinén.
-Demasiado trayecto para una afirmación que no es demasiado confiable.-respondió Jahan con gravedad.
El rumor de asentimiento entre los demás nobles asturanos presentes, le daba la pauta que otra vez les habían ganado de mano. No podía entender en que viajaban estos nefastos personajes. ¿Volando acaso?
Argumentaron un poco rato más, pero Ichinén se daba cuenta que Jahan, no confiaba en nada de lo que estaba diciéndole. Y aunque eso no le convenía, no podía culpar al asstaressi, no tenía razones para confiar en la palabra de un supuesto duque que apenas conocía de nombre.
-La palabra del asstaressi es ley, todos la acatamos, el asunto se resolverá para uno u otro.-expresó en voz alta la mujer detrás de Jahan, mientras daba un paso al frente.-¿Algo más que decir, duque de Menkalinam?-
Ichinén le dedicó una leve reverencia y se preparó para su último alegato, sabía que eso era su última chance.
-Si nuestra chance es luchar, lo haremos juntos, Si pudiéramos llegar a la paz, lo haría, pero con las intenciones que tienen lo veo dudoso. Todo lo que sea que han dicho, son mentiras. Su intención no es hacer alianzas y vivir en paz. Quieren lograr alianzas para tranquilizar posibles rivales, mientras destruyen a los que se oponen. Los he visto en acción, escapé de su guarida y estuve en el palacio de su máximo líder. No se puede confiar en los enviados de Rokuten, son enemigos de todo ser humano libre.-
La risa de Devadatta coronó el final del alegado de Ichinén.
-Dices que somos mentirosos y enemigos, mientras que es él quien viene de la tierra de tus enemigos. Hasta hace no mucho era invitado de lady Engel en Taranis.-
-No por propia voluntad, ni con agrado fuimos huéspedes.-
La mujer que acompañaba a Jahan se acercó a Ichinén, su expresión de desconfianza era más que evidente.
-Hemos guerreado demasiado con esa gente, para saber que debemos desconfiar de todo aquel que provenga de allí…-
-Milady…-intentó decir Ichinén.
-No soy ninguna milady de Azaláys, Ichinén. Soy la Essivandere Alanna Renkaressi, mano derecha del asstaressi.-
Ichinén quiso morderse la lengua, parecía que cada palabra estaba mal pensada o era mal interpretada, como si nada fuera a conformar a esa gente.
-Essivandere, mis disculpas. Deje que relate como fui prisionero de este sujeto y sus acólitos.-
El relato quedó trunco no más de empezar, ya fue interrumpida por Niko que lo acusaba de calumniador, el bruto que oficiaba de guardaespaldas demoniaco se abalanzó adelante, hecho que hizo que Ichinén se plantara en guardia. Solo que él llevara la mano al pomo de la espada, generó una alarma general entre los presentes asturanos. El guerrero se arrepintió de moverse en forma automática.
-Lástima Ichinén, si no estuvieras tan de rodillas, podrías cumplir tu palabra de cortar la cabeza de uno de nosotros.-se burló Devadatta.
-Si no fuera que somos todos invitados de lord Jahan, cumpliría mi palabra de honor.-retrucó el guerrero.
El asstaressi se irguió repentinamente y vociferó la orden de silencio, tan escalofriante que incluso Ichinén se sintió algo nervioso.
-Si lucha es lo que desean, podemos resolver este debate mediante un combate. ¿Existen objeciones?-
Devadatta sonrió y expresó su aprobación, tenía mucha confianza en su infernal pupilo. Jahan miró a Ichinén que estaba clavando sus ojos en Devadatta. Si hubieran sido dagas, el otro hubiera quedado como un puercoespín.
-Ningún problema. Vamos a ello.-
Una exclamación de aprobación corrió entre los nobles de Astur reunidos allí. Siempre era bueno para ellos, presenciar un buen combate a muerte. Algunos se burlaban de las posibilidades de Ichinén, ante un monstruo que era tres veces más grande. O Ichinén era un tercio del tamaño del otro.
-A muerte, se define.-sentenció Jahan.
Johan se acercó a Ichinén con cara de preocupación.
-¿Estás seguro de poder con ese mastodonte?-
-He enfrentado peores demonios en el infierno.-respondió con total indiferencia el duque de Menkalinam.
Johan rezó internamente por poder compartir esa confianza. El lugar de combate fue armado en el centro del salón, corriendo únicamente las lámparas y pegándolas a las columnas del lugar.
¿Cómo hemos llegado a esto? Eso se preguntó Ichinén, cuando luego de un par de fintas, el demonio lo golpeó, haciéndolo rodar por el piso. Al tener su espada contra la del rival, pensó que era demasiado insólito que de una misión diplomática de advertencia, habían pasado a un combate a muerte. Ichinén pateó a su rival desde el suelo, pero el otro no acusó recibo. ¿De qué estaba hecho ese monstruo? Estando en ese forcejeo, el bruto infernal parecía ganarle con el peso, mientras que el guerrero veía su fuerza mermar. Giró la espada por apenas un segundo y sujetó la hoja del otro con su empuñadura. El metal apenas tocó al demonio pero este gritó como si lo hubiera traspasado. Aprovechando el retroceso, Ichinén rodó sobre su espalda y salió de esa posición tan desventajosa. Pese a ser rápido y volver a cargar, el demonio reaccionó aprisa y le frenó el golpe. Johan miraba ir y venir las espadas, sufriendo porque si Ichinén no triunfaba, la próxima cabeza que rodaría sería la suya. Viendo el transcurso del combate, la lucha no iba bien. Ichinén era experto en esgrima, rápido y ligero. Pero el demonio no era tan lento debido a su corpulencia y se mostraba bastante más fuerte. Johan tembló ante lo que pareció la segura muerte de Ichinén, el demonio lo acorraló contra una columna y casi lo atraviesa de lado a lado. El demonio siguió atacando y el guerrero solo frenando las embestidas, aquello lo iba cansando y eso le podía costar la lucha. El monstruo perdió la espada y agarró a Ichinén a mano limpia, una garra en cada brazo. La columna del guerrero pegada a una columna, mientras que su espada estaba apuntando en dirección contraria al enemigo. Si no podía mover el brazo, no podría ni rozar al rival. Viendo un fuego cercano, soltó la espada y la dejó caer sobre la lámpara cercana. Girando todo el cuerpo en una pirueta, hizo trastabillar al monstruo, lo que consiguió que soltara a su presa. Ichinén volvió a tomar la espada que ahora estaba candente con el fuego iluminador. Con una rápida estocada cortó en el brazo al demonio, casi en paralelo al músculo, de la mano al codo. El guerrero confió en que esto le daría una chance de asestar un golpe mortal, pero el monstruo lanzó un puñetazo a su pecho que lo arrojó hacia atrás. El mundo fue para Ichinén un lugar de silencio, el zumbido que lo reemplazó lo desconectó de la realidad. La espada se alejó de su mano y sus dedos agarraron el aire vacío. Al caer el suelo, creyó que ya era el fin pero se irguió antes que el demonio se le viniera encima. Los astures parecían exultantes por la muerte segura del duque. Devadatta alentaba a su colosal demonio, instándolo a matar.
Ichinén se vio sin espada y a punto de ser arrollado por el bruto. Cuando estuvo encima, pegó un giro en arco y se apartó de su lado. Lo que parecía una danza para los astures, fue la salvación ante semejante desventaja corporal. Rodando de cabeza hacia adelante, pudo recuperar su espada. El demonio estaba enfurecido y de tan ciego le lanzó lo que tenía más a mano, los leños que alimentaban el fuego. Con tan buena suerte para Ichinén que logró esquivarlos con gracia, pero con tan mala suerte para la essivandere que vio su vestido prenderse rápidamente. Ichinén corrió a socorrerlo y ayudarla a apagar el fuego a palmadas entre ella y otros dos hombres más. Tarde se giró al oír el grito de Johan, el puño del demonio lo lanzó como si fuera un muñeco de trapo. Casi pudo oír una reprimenda de su padre, por descuidarse en medio de una lucha. Estaba completamente atontado y le costaba mantener el ojo abierto, la cabeza le daba vueltas. Tenía que despejarla pronto, en menos de dos segundos, o era futuro fertilizante de los campos asturanos. El coloso demoniaco avanzó, hinchando el pecho, con la destrucción del rival a su alcance.
-Alto, detengan el combate.-se oyó la voz del asstaressi, resonar en el salón.-Ya tenemos un ganador.-
El demonio resopló y gruñó complacido. Ichinén estaba sangrando por la nariz y su cabeza apenas comenzaba a centrarse.
-Como ve, lord Jahan, este humano es un débil guerrero.-le comentó Devadatta.
-Si, veo que tratando de salvar a la essivandere, sacrificó sus chances de victoria.-
-Claramente, no es muy inteligente. Sus sentimientos lo gobiernan y comete errores estúpidos.-fulminó el pérfido Devadatta.
-Eso no es de mi agrado, lo que importa es como resulta el combate. Y para nosotros la victoria es muy importante.-
-La victoria es la supervivencia y la eternidad.-gritaron a coro los presentes asturanos.
Ichinén escupió sangre y se incorporó, tratando de también expulsar su frustración con ella.
-Dime, Ichinén. Teniendo la pelea en tan buenos términos… ¿Qué te motivó a desperdiciarlo por salvar a mi essivandere?-
Ichinén pensó que ser lo más honesto posible era su mejor carta, en esa partida que veía cada vez más perdida.
-Había esquivado los leños en vez de frenarlos con la espada, o intentarlo, los dejé pasar y por mi culpa la essivandere estaba en peligro. No podía dejar que eso sucediera.-
El asstaressi se giró a su mano derecha.
-¿Qué opinas ante esta respuesta, Alanna?-
La dura mirada de la mujer, anticipaba la amarga respuesta que tanto temía el guerrero.
-Una actitud desacertada, debió tener su cabeza en la pelea. Otros de los nuestros podía ocuparse de asistirme. Una acción arriesgada que le costó el duelo. No muy inteligente.-
Ichinén deseó no querer lanzar esa mirada, pero casi le estaba diciendo con los ojos: gracias por nada, señora. Jahan se giró de nuevo a Ichinén.
-Estos señores ofrecen alianza y una gran fuerza armada que es capaz de sostener la paz. ¿Qué ofrecés, duque de Menkalinam?-
Sin ejército, sin haber pisado su tierra, sin contar con un título con todas las letras y sin un plan claro a largo plazo; Ichinén dijo lo único que podía expresar en ese punto.
-Ofrezco la verdad, asstaressi. Solo puedo decir que hablo con sinceridad cuando asevero que he visto como se encuentra la isla Kerkyra bajo el mando de Rokuten y sus lacayos. Sé que destruirán a quien se les oponga y luego continuaran con aquellos que se les hayan aliado. Su idea es destruirnos, simplemente por el hecho de que dejemos de existir.-
-Todas mentiras, claramente, milord Jahan.-interrumpió Devadatta.-No solo alianza ofrecemos, también avances tecnológicos, este cristal por ejemplo nos trajo aquí por un portal. Podemos compartir esa tecnología.-
Ichinén comprendió ahora como era que siempre estaban antes en cada lado. Iba a manifestar su desagrado, pero fue Johan quien habló con si particular desparpajo.
-Gran cosa, eso puede hacerlo el gato de Ichinén. Si es que está con ganas y bien alimentado, claro. Sino, te araña el rostro.-
Jahan pareció divertirse con la impetuosa intervención del bardo.
-Tener acceso a distintos lugares del reino, nos viene bien para poder custodiar nuestro reino, embajador Devadatta.-
Ichinén se maldijo por no traer a Teban consigo. Jahan parecía estar comiendo de la mano del traidor Devadatta.
-Traigan a Bastión.-ordenó el asstaressi a viva voz.
Antes que nadie pudiera sopesar la duda de quien o que era Bastión, un león entró caminando pesadamente pero con firmeza en el salón. El animal parecía muy interesado en acercarse a Ichinén.
Johan tembló visiblemente y el guerrero a su lado se maldijo internamente.
-Me salvé del dragón Seiryu, para ser comido por un león llamado Bastión.-protestó para si el duque.
Jahan le dedicó una caricia al soberbio león, por sobre la melena, mientras este giraba el rostro vigilante a los que tenía enfrente.
-Bastión mismo puede abrir portales.-explicó Jahan.
Acto seguido, un portal se abrió y a través de él, salió un personaje inesperado pero muy bienvenido.
-Teban!-exclamó Ichinén con alivio y sorpresa.
-Siempre te saco las papas del fuego, humano.-replicó el gato.
-Con Bastión, hemos visitado en misión secreta la isla Kerkyra.-continuó el asstaressi dirigiéndose a Devadatta.-Y puedo aseverar sin temor a errar, que no es nada parecido a lo que me ha descrito usted. De hecho, se parece mucho a lo que relata este duque. Que pese a tener acciones temerarias, habló siempre con la verdad en la mano. Mi amigo Bastión ha conversado largamente con el amigo felino del duque, creo entender que ocurre aquí.-
Lord Jahan desenvainó su arma y la apuntó al cuello de Niko, la essivandere hizo lo propio con el otro. El demonio que había combatido con Ichinén, entendía poco este giro de eventos y resoplaba mirando alrededor con desconfianza. Todos los demás asturanos mostraron también sus hojas.
-En el pasado, el anterior régimen fue engañado por demonios de otra dimensión, no volverá a ocurrir en Astur, no durante mi guardia al menos.-sentenció el asstaressi.
-Comete un error, Jahan.-le replicó el traidor.
-No peor que creer en su alianza.-agregó el regente de Astur.
Niko tomó el cristal que activaba su portal artificial y abrieron uno rápidamente para salir.
-Lord Jahan, si me permite, hay una promesa que debo cumplir.-
-Faltaría más, lord Ichinén.-
El guerrero avanzó al trío que quería avanzar por el portal.
-Dije que les cortaría la cabeza a uno de ustedes, cuando nos viéramos de nuevo.-
Ninguno de los hombres dijo nada, por toda respuesta pasaron el umbral del pasaje y lo cerraron tras ellos, dejando a su guardaespaldas infernal del otro lado.
-Bueno, veo que deciden rápido que pieza sacrificar.-
Ichinén giró en torno al demonio y cortó una pierna por debajo, el demonio alzó la espada pero Ichinén fue más rápido y lo esquivó. Usando las piernas del demonio como un túnel, se lanzó por detrás y lanzó una fuerte estocada. Daimoku hizo el resto, honrando su leyenda como matadora de demonios. La cabeza cayó sobre el piso del salón, poco después el cuerpo del demonio. Johan se tapó la boca y miró a otro lado, para no devolver el desayuno.
-Una promesa, es una promesa.-
-Festejo su honor, lord Ichinén.-expresó Jahan.-Y le agradezco por salvar a la mujer que es mi esposa.-
La mencionada no sonrió ni cambió su recia expresión, pero le dedicó a Ichinén una inclinación de cabeza.
-Ahora debatamos sobre la posible alianza entre Astur y Azaláys.-cerró el asstaressi, palmeando al aire, para que limpiaran el estropicio demoniaco.

3/31/2018

54-Gente del desierto.


Las puertas del salón de Ancira, capital de Desertus dieron paso a los dos hombres.
-El duque Ichinén de Menkalinam, de la corona de Azaláys, junto a su sirviente Johan.-anunció el ayudante de cámara. El salón era bastante espacioso, con tapices colgados de las paredes. El bardo hizo un comentario sobre lo extraño que le parecía ver alfombras en las paredes. Ichinén le corrigió que colgar esos adornos era una costumbre común entre muchos pueblos, aunque en algunas culturas ponían imágenes, los practicantes del islam no utilizaban figuras o representaciones humanas. No le pareció inadecuado hacerse pasar por sirviente, pero Ichinén temía que hiciera algún que otro comentario fuera de lugar. El emir los miraba gravemente, silencioso del otro lado del salón. Caminaron por una alfombra púrpura que marcaba el sendero hasta terminar cerca del altar elevado del emir, con detalles en dorado. El lujo del lugar era exagerado. Un hombre se acercó en su andar, saludando con apenas una inclinación de cabeza.
-Mi nombre es Jonás Pet, soy la mano derecha del emir Al Manzur, califa de Desertus. ¿Y ustedes son?-
Ichinén presentó a ambos, como habían acordado, harían ver como que Johan era parte de su séquito y no un compañero de igual a igual. Ichinén no estaba cómodo ni acostumbrado a usar los títulos de nobleza o marcar las diferencias sociales. Eso contradecía todo lo que habían aprendido con los tres maestros. Pero en ese califato, las castas sociales eran marcadas como a fuego. Jonás les indicó que debían inclinarse muy marcadamente ante el emir. Este no habló y hasta casi parecía un muñeco, visto desde lejos asemejaba ser real. Jonás hablaba por el califa, tal vez demasiado. Ciertos sutiles comentarios dejaron entrever que no estaban muy complacidos con la visita de extranjeros.
-No es nuestra intención ser intrusos, venimos aquí para advertirles de la amenaza creciente en la isla Kerkyra.-manifestó el guerrero, tratando de mostrarse todo lo protocolar que le salía.-En esas tierras, unas criaturas…-
-Ya tenemos embajadores de la región al sur de nuestras costas.-cortó en seco, Jonás.-
Chasqueando los dedos hizo una seña al guardia, el cual abrió una puerta al costado del salón.
-Adelante, estimados huéspedes.-
Los tres que entraron le paralizaron el corazón a Johan, pero a Ichinén lo hicieron llevar la mano al pomo de Daimoku. El más grande y que más atemorizaba a Johan, era una de esas criaturas que había avistado en Kerkyra. El más bajo era un oriental, que parecía japonés, pero Ichinén no estaba seguro de conocerlo. Al tercero y al parecer líder, sí que lo conocía bien; era Devadatta.
-Nos vemos de nuevo, duque venido a menos.-saludo el traidor primo del Buda.
Johan se envaró, listo para frenar a Ichinén si realizaba alguna acción impulsiva. Pero el guerrero se mantuvo inmóvil.
-Emir, le recomiendo que no confíe en estas gentes, si es que así puedo llamarlos.-
-Así que este es el último devoto de Nichirén.-comentó el japonés con Devadatta.
Ichinén lo miró como si fuera el viento polar.
-Este es Niko, antiguo discípulo de tu maestro, el Daishonin.-explicó Devadatta, que al parecer sentía que estaba en un mero encuentro social o de negocios.
-Otro de tu clase, presumo.-replicó Ichinén.
-Este gaijin debería aprender modales.-agregó Niko.
Ichinén miraba a ambos, casi como si fuera un resorte a punto de saltar. Escuchó a Johan que lo llamaba, a la calma, a la razón. Sabía que no podía pelear contra ellos, aunque fueran los peores enemigos de la humanidad. Aun a sabiendas de que eran los complotados en la destrucción de toda la vida.
-No entiendo porque tanta tensión, Ichinén, ni que hubieras visto un demonio!-Al decir esto Devadatta, la criatura detrás soltó un gruñido que quizás intentó ser una risa con sorna.- Ah, ya se, lo has visto. Dai Rokuten te ha permitido vislumbrar en el cristal, lo que viene.-
-Nichirén me llevó al cristal de Ichinén Sanzén y allí vi sus obras, como terminan.-argumentó el duque de Menkalinam.
-Estás errado, fue el rey del sexto cielo quien te permite ver o no. Nada sucede sin que él acceda a que ocurra.-
-En eso debo diferir. Mi decisión le es ajena, en eso no tiene injerencia.-retrucó el guerrero.
-Pues si lo has visto, sabrás que no hay chance. Es unirse o desparecer, ni siquiera es morir. La desaparición total de la existencia. Los seres humanos no serán ni un recuerdo en el universo, jamás habrán existido.-se jactó Devadatta.
Jonás, que hasta el momento había permanecido callado, intervino y encaró a Ichinén.
-Nuestros aliados en Kerkyra son amigos de esta tierra y nos protegerán de los infieles.-
-Jonás, no sé que te han dicho, pero su plan no es unirse a alguien contra otro alguien. Es destruir al que se opone a ellos y el que se les una, traicionarlo más tarde, cuando ya no haya opositores. No quieren vencer a nadie y esclavizar, eso es para mortales. Ellos son dirigidos por una mal que quiere la destrucción de la existencia, la desaparición incluso hasta de la historia.-
-Nada puede destruir la creación más grande de Dios que somos nosotros.-cacareó Jonás, con expresión de fastidio.-No vamos a confiar en la palabra de un infiel, un ser inferior, que no cree en el verdadero Dios. No estás en una posición para decirnos que hacer, duque de un reino decadente y destruido.-
Ichinén no estaba comprendiendo como alguien podía ser tan necio, ni tan siquiera sintiendo los insultos que le prodigaba.
-No puedes ser tan obtuso, Jonás. Es por su bien que les digo esto, no por el mío. Yo bien puedo irme y dejarlos a su suerte, pero vengo a advertirles.-
-Si no fuera que somos invitados del emir, le enseñaría modales a este noble de segunda clase.-pinchó Devadatta.
Ichinén se plantó cara a cara, muy cerca del que había hablado.
-Cuando quieras, sabes como encontrarme, al parecer.-
Jonás levantó una mano y los soldados de Desertus rodearon al grupo.
-Nadie hará nada contra nadie, a menos que el emir lo permita.-
Todos giraron a ver a la figura sentada, que levantó un brazo con tranquilidad, para agitar su dedo en señal negativa.
El regente de Desertus, que hasta el momento parecía apenas una estatua, se incorporó y caminó hasta ponerse a cierta distancia de ese grupo.
-Mucho tiempo hemos tolerado la presencia de infieles en nuestras fronteras, demasiado contemplamos su existencia hereje y permitimos sus degeneradas costumbres. Nuestros aliados nos permiten una fortaleza para aplastar a todos los enemigos. No habrá más arrogantes “kafir”, ni sus altaneras mujeres que contestan sin permiso.-
Al terminar de hablar el emir, Ichinén giró sus ojos a Devadatta y lo vio sonreír, gozando con la situación. Tenían al emir de Desertus totalmente en sus garras. La mano de Johan le sujetó el brazo, como diciéndole que ya era hora de irse, todo estaba perdido.
-Si no fuera que el emir es un hombre de honor y no permite que los embajadores sean lastimados, te pondríamos en tu lugar.-manifestó Niko, que era el que menos parecía capacitado para ejercer la violencia, con su apariencia de monje.
-Cuando salgan de estas fronteras y nos veamos de nuevo, a uno de ustedes le voy a cortar la cabeza.-sentenció Ichinén.-Por respeto al emir, estaremos en paz, dentro de Desertus.-
-Es hora de que se vayan, los quiero prontamente afuera. Me da repulsión, tener contacto con estos infieles.-agregó el emir, con total desdén y displicencia.
Jonás guió a Ichinén y su colega al salón contiguo, donde Ichinén intentó apelar a la sensatez del ayudante, explicando como los estaban engañando.
-Guárdate tus palabras, Ichinén. Eres tan necio como explicó Devadatta, no sabés cuando declararte vencido.-
Si había algo que exasperaba a Ichinén era la necedad, pero sumado a la altanería de los hombres del desierto, eso lo hacía querer vociferar.
-Esto no es una cuestión de quien gane, si yo o ustedes. Esos seres solo quieren destruirnos a todos, les importa poco el orden. Primero nosotros que nos oponemos, luego ustedes cuando bajen la guardia.-
-No somos tan cortos de inteligencia como tu gente, Ichinén.-
Johan asintió y le sonrió al ayudante.
-Claramente, su sagacidad es tan grande como la existencia de su Dios.-exclamó con expresión casi alegre.
Jonás asintió condescendiente, pero el bardo lo había dicho como una ironía. Tarde entendió la mano derecha del emir que Johan se lo había dicho como una ironía, antes de tomar del brazo a Ichinén y convencerlo de irse antes que se arrepintieran del salvoconducto. -Esta gente tan cambiante, bien puede anular cualquier amnistía que tengan para cualquier embajador. Sobre todo si cada cosa sucede a capricho del emir.-
Ichinén no replicó y se dejó llevar. Esa noche, Jonás golpeó las sábanas, recién acostado comprendió el cínico comentario del músico. Juró que mataría tanto a Ichinén como a Johan de verlos de nuevo. Algo que no pudo cumplir, más por falta de oportunidad que por falta de valentía. Saliendo de la capital de Ancira, Ichinén se mantuvo silencioso en el caballo que habían comprado, el que los llevaría al puerto. Unas lágrimas corrían por sus mejillas.
-Entiendo tu frustración, Ichinén. Pero conozco bastante a esta gente, es muy tozuda.-
-No me lamento por su obstinación, sino porque sé que esta tierra ya está condenada. Lo he visto. Las posibilidades que me mostró el Daishonin, los tres mil mundos en un solo instante, son los diferentes caminos que una decisión nos lleva por el sendero de la vida. La elección de aliados del emir, ha condenado a su pueblo.-
Johan iba a acotar algo, pero entendió la tristeza de Ichinén. Era demasiado injusto que por un necio, se condenara todo un pueblo.
El siguiente destino era el reino de Astur, en el extremo este del continente, cruzando el mar del norte de Desertus. Johan conocía de otras ocasiones a ese pueblo de orgullosos guerreros, tanto o más que los de Desertus. Rogaba porque no fueran tan necios como estos últimos, aunque en su abatimiento actual, sentía que nada iba a salir bien en el futuro. Ichinén con la vista clavada en el horizonte al frente, pareció alentarlo en forma muda e inconsciente. En sus ojos se veía la determinación de seguir adelante, no importaba el error del pasado. Esa mirada decía:
-Lo que importa es lo que hagamos de hoy, en adelante. Cada día es un nuevo punto de partida.-

2/07/2018

53-Ideando la fuga.

Extraído de las memorias de Johan S. fecha de edición de 2112, calendario de Kosen Rufu.

“El día que más cerca estuve de la muerte, conocí al hombre más valiente que haya pisado el continente de Mitjaval. El reino central que da también nombre al continente, este reino era regido por tres linajes que aportaban miembros a la casa gobernante, esta sería como una cuarta casa, que más bien era una mixtura formada por las otras tres. Tres colores o tonalidades distinguían a cada una. Los rojos, o en tonalidades del naranja al escarlata, eran los de Mitjaval propiamente dicho, algunos más vivían del otro lado de la frontera en Taranis. A esta casa pertenecía Artus, cuando pasó a vestir el púrpura del gobierno, este fue el último rey que presenció el gran Caos. Sigue la casa de los verdes, o en sus tonos variando de claroscuro, provenientes de los pueblos del este, en el reino de Astur y Gaia, en muchos casos conocidos. Y por último, pero no menos importantes, los azules; con variantes entre el celeste y el más profundo azul marino, estos pertenecían a la Corona de Azaláys. A esta última pertenecía Ichinén, quien llegó a Taranis, proveniente de mundos lejanos, el mismo día que como dije antes, estuve a punto de morir. 
Los colores eran usados en las ropas de los miembros de esa casa, pero también en los uniformes, en la arquitectura, en detalles de los barcos y en partes de ciertas obras de arte. Esto no quiere decir que en Mitjaval solo había miembros de la casa de rojo o que en Azaláys habían nada más que azules. Mayormente, existían miembros de esa casa, pero siempre habían varias uniones que con el tiempo hicieron que cada grupo no fuera del todo homogéneo. Digamos que dentro de cada reino podían coexistir de cualquier linaje, pero a quien regía cada tierra, era solo a los de esa familia.
Ichinén tenía fuertes lazos con la dinastía de Mitjaval y eso desencadenó los hechos posteriores a su llegada. En Taranis, había muchos miembros de la casa de Artus, incluso más de un primo suyo murió durante el Caos, peleando en el ejército tarano. Quizás por esta antigua costumbre, en ese reino se usaba el rojo y negro, pero esencialmente se podría decir que ellos eran la casa negra, la quinta. El resto del continente lo completaban, los elfos que habitaban en la península entre Taranis y Azaláys, al sur de Mitjaval. Al noroeste del centro, en las Tierras del Meridional, pueblos vikingos sin mucha organización hasta la llegada del gran líder que se unió a Ichinén. Bien al norte, casi llegando al polo, la tierra de Gaia, fraccionada en dos por una guerra civil, luego del Gran Caos. Al sur de Taranis, se encontraba el califato de Desertus, árabes adoradores de un único Dios, regidos por un pedante que costó más vidas a su pueblo que todos los demonios de Tenyi Ma. Cruzando el mar por sus costas, provino el gran mal, la oscuridad fundamental que comenzó a tomar cada lugar y corazón que tocaba. Los primeros en sufrir fueron los de Desertus, luego siguió Taranis y Astur. Islas como el archipiélago de Moss y la isla del Oráculo no tuvieron resistencia. Pero aunque las tierras estuvieran habitadas fue escasa la resistencia ante la oscuridad que invadía el alma y debilitaba los cuerpos.
El derrotero siniestro me llevó por errores de juventud a terminar en las manos de los taranos, en particular de cierta mujer más oscura aun. En Taranis, otra familia que ocasionalmente había aportado miembros a la casa gobernante y compartían muchos lazos con los de Mitjaval. Lady Engel fue un referente para los taranos y en ese entonces, era la mano derecha de Ranzig el terrible. Aquel que había levantado a su pueblo contra los demonios que los esclavizaron. En otros reinos, la destrucción del Gran Caos había pasado y seguido su camino. En lugares como Azaláys o Taranis, algunas criaturas habían hecho de esos sitios, su cubil. 
Estaban por ejecutarme sumariamente, pero mis dotes musicales me valieron una prorroga en la sentencia. Para ese momento, entró en escena Ichinén, acompañado de la reina Victoria. Era un gran candidato a reemplazarme en el espectáculo de perder la cabeza, pero una providencial aparición de la hija favorita del dictador Ranzig, lo evitó con una propuesta de matrimonio. Si me hubieran contado como se desarrollaron los hechos ocurridos en ese salón, no lo hubiera creído por lo inverosímil de la situación. Pero yo estuve presente, lo vi con mis propios ojos. Es verdad que todo lo que se relacionaba a la princesa Sybilla era algo rozando lo inconcebible.
Con Ichinén compartimos habitación por varios días, o debo decir, prisión domiciliaria. El cuarto era bastante lujoso, pero no podíamos dejarlo o nos las veríamos con guardias armados con ballestas y lanzas. Al guerrero le preocupaba en particular que había sido de la reina Victoria, en ese entonces, solo Victoria. Temía que lady Engel se ensañara con ella o algo así. Una semana después, recibimos su visita. Parecía ser libre de rondar por el castillo, aunque vigilada.
-Tengo un plan y un poco de ayuda local.-nos dijo Victoria en secreto, aduciendo a la asistencia de la princesa de Taranis.
Una noche sin luna, la siguiente en el calendario, escapamos. Los sastres que Ranzig había mandado para vestirnos, fueron nuestros suplentes en la prisión. Mientras medían a Ichinén, para el uniforme de bodas, redujimos a los guardias. Muchos batallones nos acorralaron por los pasillos. Pero el don de Sybilla los desorientó, enviándolos por los corredores que no eran. Dos batallones chocaron de frente, confundidos por los poderes de la princesa. El barco nos esperaba en el puerto, con Victoria a bordo y los dos gatos, Dulce y Teban. Sybilla también estuvo allí para recibirnos, pero no vino con nosotros.
-Creo que tendremos que posponer la boda, princesa.-comentó Ichinén, con cierta ironía.
Sybilla lo miró y acarició el rostro como se le hace a un niño.
-Ah, Ichinén. Creíste que era posible que el matrimonio fuera una opción. Hay un anillo en nuestro destino común, pero no es ese.-
El guerrero quedó más desconcertado que un vikingo en un banquete gourmet con muchos cubiertos. La princesa de cabellos escarlata parecía muy poco o nada preocupada por la ira de su terrible padre, por lo que partimos con dirección sur, al archipiélago de Moss. No llegamos tan cerca de tierra, ya que varios barcos cargados con criaturas horrorosas se acercaron. Tuvimos que librar una breve escaramuza con unos orcos esclavistas, pero luego se frenó debido a la derrota inminente que estaban sufriendo a manos de Ichinén y Victoria. Yo hubiera ayudado, pero estaba más ocupado manteniendo el barco a flote. Las noticias que dieron, confirmaron la historia que intenté relatar a los taranos. En la isla Kerkyra, criaturas horrorosas construían ominosas estructuras y abominables maquinas que parecían barcos. En el horizonte, detrás de esas islas, parecía encaminarse una tormenta, aunque otros signos del ambiente descartaban esa posibilidad.
-Es la Oscuridad Fundamental.-sentenció Ichinén.
Me relató la primera vez que la había visto, como ya se vio en un capitulo anterior, titulado exactamente así. La Oscuridad Fundamental se cernía sobre el continente y avanzaba despacio pero inexorablemente. Esa noche, tuvimos un largo debate sobre las acciones a seguir. Ichinén quería avisar a las tierras más cercanas, le recordé la poca atención que habían prestado los taranos ante mi advertencia, pero él insistió en seguir ese curso de acción. Pese a que parecía una decisión difícil en ese momento, nos dividimos. Victoria y ambos felinos irían a la Corona de Azaláys donde nos encontraríamos en Mirzam, al sur del reino. Mientras que Ichinén y yo viajáramos en transporte orco hasta el califato de Desertus. Esto no me hizo feliz para nada, pero preferí no argumentar con Ichinén. Temí por mi cabeza, pero como íbamos directo a la capital y no a la ciudad donde mi cabeza tenía precio y una doncella me esperaba candorosa, casi igual que sus parientes, pero con otras intenciones. El barco orco nos contactó con unos comerciantes de Desertus, quienes nos llevaron al puerto más cercano del califato. La idea era llegar a la capital de Ancira donde encontraríamos al regente Al Mansour. Caminamos con Ichinén por las calles de Ancira, encaminándonos al palacio del califa. El guerrero hizo uso a desgano de su título, para que nos dieran audiencia con el líder árabe, mientras que severos guardias vigilaban cada uno de nuestros gestos.
-Esperemos que el emir Al Mansour, esté más dispuesto a escuchar que lady Engel. 
Yo asentí en ese momento y me encomendé a todos los dioses existentes o por inventarse. Entramos al salón de audiencias, muy lujoso, donde el emir nos recibiría. Ese fue el primer signo de muchas cosas por venir, aunque nadie podía esperar o prever todo lo que vino después, ni siquiera Sybilla. Aunque ella siempre supo, y lo dejó caer en sus crípticos comentarios, que Ichinén se quedaría atrás. Es el mayor dolor actual de nuestra reina Victoria, soberana de Kosen Rufu. Ichinén no atravesó el portal con nosotros, a casa.

1/08/2018

52-Nuestra hora solemne.

Las botas resonaron por los pisos lustrados. La estructura temblaba por el golpeteo isócrono de un centenar de botas sobre el suelo. Todos iguales, todos coordinados, disciplinados. Así era como le gustaba a su general, el orden que conforma totalmente, debido a que se puede sostener como si se lo tuviera entre las manos. El general que observaba por la ventana del palacio se giró complacida, esta era la archiduquesa de Ephira. La joven mujer, parecía un poco mayor, quizás debido a sus experiencias y un poco por su vestimenta. Su cabello oscuro, negro como su traje, contrastaba con su piel clara. Caían sus mechones en ordenadas ondulaciones sobre el traje que era una rara mezcla entre algo parecido a una armadura y un corset.
-¿Y bien? ¿Que tiene este bufón que decir antes que lo ejecute?-
El lugarteniente empujó el hombre arrodillado, para instarlo a hablar, o para obligarlo, lo mismo daba.
-Lo que digo es cierto, milady.-respondió el joven que sentía terminar sus días más pronto de lo debido.-Aunque su sargento no me cree. Lo que digo es verdad.-
-¿Y cuál es esta verdad, bardo? ¿Cuál es tu nombre?-inquirió la mujer al mando.
-Johan, milady.-
-Continúa.-
-Yo venía caminando por la costa, acababa de bajar en el barco que dejaba en el puerto más a al sur de Desertus. Pensé que esa gente se contentaría con un poco de música, ese es mi trabajo, por lo que me encaminaba a la ciudad principal para…-
-Al punto.-interrumpió de mal humor la archiduquesa.
Johan se removió nervioso, sonrió estúpidamente y se acomodó las ropas, de por si mugrientas.
-La cuestión es que en Desertus… los árabes del Sultán no son muy progresivos con la música, no toleran estilos nuevos o así. Tuve que salir rápidamente, un poco demasiado.-
Una mirada grave de la mujer le recordó que debía ir a la parte que a ella podía interesarla, si también era de su interés conservar la cabeza. Johan maldijo su mala estrella. Recordando que salir de Desertus con tres legiones de soldados en sus talones, eran un poco más que irse con urgencia. Creía que su cabeza hoy tendría precio en esas tierras. Pero no era su culpa, no podía saber que la jovencita con la que se había besado era una de las concubinas favoritas del sultán. Todas se veían casi iguales con sus velos. Si su cabeza estaba sobrevaluada, no iba a informárselo a sus captores. Aunque dudaba que estos fueran muy amigos de los árabes al otro lado de la frontera, en dirección sureste. Era dudoso que lo entregaran para que los de Desertus lo ejecutaran. Ellos mismos lo ejecutarían allí mismo y sin ningún traslado o trámite ulterior, que tanto. Los taranos eran gente así de práctica, eso debía reconocérselo. Lo desagradable era que esa practicidad implicaba en la separación de su cabeza y su cuerpo.
-Crucé a la isla Kerkyra, de incognito en un barco al que pude pagarle improvisadamente.-
Afortunadamente, ese mercader se dejó sobornar para que lo cruzara hasta la isla al sur de la península de Desertus.
-Nomás de desembarcar en esta isla, me encontré con ciertas extrañas criaturas que aunque de tamaño reducido no dejaban de ser poco estéticas. Caminé un poco más y en un valle vi como una gran ciudad en ruinas, donde muchas criaturas de diversos niveles de horror, rearmaban a su modo las estructuras. En el horizonte se notaba la oscuridad que los cobijaba, como si una tormenta se acercara. Pero puedo asegurárselo, milady. Esa sombra no era ninguna tormenta, era un poder oscuro que maneja a esos horrores de tentáculos y escamas. Como pudimos, escapamos, pero criaturas marinas igual de horrorosas nos hostigaron largo tiempo. Una tormenta nos dejó encallados en su costa, no era nuestra intención molestar. No la mía, al menos.-
La archiduquesa enarcó una ceja con desconfianza.
-Linda historia. Aunque poco nos preocupa lo que ocurra en tierras extranjeras, si es por mí, pueden pudrirse enteros. En Taranis nos ocupamos de nuestra gente, no de hacer caridad e ir a otros reinos. Tenemos nuestro orden, no lo llevamos afuera, ya que eso nos traería caos a nosotros mismos.-
A menos claro que esos “otros” fueran conquistados y pasaran a ser parte de ese nuevo orden, como esclavos. Aunque esa parte no la dijo, Johan conocía bastante sobre Taranis como para saber que así era. Un batallón de soldados se acercó por el pasillo hasta el gran salón donde se encontraban. Llevaban atados a un hombre y a una mujer. El hombre se resistía un poco y cuando los presentaron ante la regente de esas tierras, este cayó de rodillas debido a un empujón del soldado que lo llevaba. La mujer que lo acompañaba se arrodilló a su lado, como protegiéndolo o refugiándose junto al compañero.
-Ya le dijimos quienes somos, inmundo animal. ¿Qué más esperan que digamos para que nos crean?-
-Eso lo juzgara, milady Engel.-
La archiduquesa de Ephira los miró como dando a entender que se referían a ella. El soldado explicó brevemente como los habían encontrado a su señora y esta los observó, esperando ampliación a esa información.
-Mi nombre es Ichinén, soy el hijo del duque de Menkalinam, debido a su fallecimiento, hoy soy el nuevo duque. Aunque no he ejercido nunca mi cargo. Espero encarecidamente, milady, que se me trate como a un miembro de la nobleza, tal como corresponde a mi estirpe y a la suya.-
Lady Engel se acercó a Ichinén y le propinó una bofetada tan violenta y sonora que lo derramó por el piso, y el guerrero Ichinén no era precisamente pequeño. La mujer notó que quizás había sido demasiado eso, le dolía en parte la muñeca y lamentó no pedirle al sargento que lo golpeara en vez de ella.
-Espere. Déjelo explicarse.-pidió la compañera de Ichinén.
-¿Menkalinam? ¿En la corona de Azaláys? Esa tierra fue abandonada y nadie debe quedar vivo en ella, desde el caos que se desató. Cualquiera podría venir y decir que es el rey de Azaláys, para lo que sirve eso. Nunca tuvimos mucho trato con su gente, solo a través del imperio regente de Mitjaval. Esos inútiles que no supieron hacer frente al mal que invadió este continente.-
Ichinén conocía solo su parte de la historia, nunca había viajado durante el caos por el continente. Al ser vencidas las fuerzas de Azaláys, y todo el reino destruido, la reina asesinada. Las noticias de Mitjaval eran menos alentadoras, pero el ignoraba lo que había ocurrido en otros lugares, como Taranis.
-¿Qué ocurrió aquí?-
Lady Engel pareció sentirse insultada por esa pregunta, y la repitió rechinando los dientes, por lo menos tres veces.
-Voy a decirte que ocurrió aquí.-
Por más de media hora, la mujer le relató la versión tarana del gran caos. Al estallar el templo que contenía en Azaláys, muchos males y criaturas del caos, otros focos de oscuridad se gestaron o renacieron de su letargo de épocas remotas. En medio de la capital de Taranis, la reconstruida ciudad de Karum; surgió un volcán de vileza y destrucción. Del pozo ardiente del inframundo, algo más que un poco de lava, nació. Demonios y sátiros que destrozaron todo. Una cohorte de señores de la destrucción. Eran cinco, especificó lady Engel. Con ropajes y piel verde o amarilla, demonios del mundo antiguo, que regían cuando el universo era más caótico. Llegaba su nuevo momento. Esclavizaron a la población de Taranis, invadieron todo el país hasta la cadena de montañas que al sur los separaba de Desertus. Esperaron ayuda de Mitjaval pero esta nunca llegó. El rey del imperio más grande estaba demasiado ocupado suicidándose, al igual que su hijo. El desprecio se notaba en cada palabra de la mujer,  por todo lo foráneo, pero especialmente por los de Mitjaval, el reino central. Ella fue enviada a las prisiones demoniacas, compartiendo celda con alguna otra mujer. Fue usada como juguete y divertimento de los señores del caos, los demonios se divertían haciendo bailar o experimentando con su esbirros, probando que podía o no hacer, que podían o no resistir. Siete años muy duros. Ella no era más que una noble de segunda línea, tercera hija de un lord venido a menos. No dirigía tierras o ejércitos. Hasta que un noble de la corte, esclavizado como todos, organizó la revuelta. Silenciosamente lo había ido planeando. Lady Engel había estado allí, como mano derecha de Ranzig el terrible. Mote que le daban afuera, pero que ella repetía con un desmedido orgullo. Terrible era lo que les había ocurrido, terrible debía ser el hombre que llevara adelante lo que era necesario. Al pronunciar en alto el nombre de Ranzig, cada soldado del salón se cuadró, alzó el brazo en un gesto ensayado y vitoreó el nombre de su líder. Todos en perfecta sincronía, mientras lady Engel sonreía complacida. De todo eso hacía cinco años. Para Ichinén no había pasado tanto tiempo, esos doce años desde su partida, para él habían sido menos, debido a que había entrado y salido de diferentes mundos y tiempos.

-Me hacen acordar a los nazis entre los que me infiltré, cuando rescatamos a Anne.-le susurró Victoria a Ichinén, mientras todos estaban distraídos vanagloriándose de su guía.
Lady Engel finalizó su relato, con el recuento de la familia superviviente del líder, algunos de sus hijos, excepto dos que habían fallecido en esa guerra. Su esposa, su hermana y tres de sus hijos eran los que quedaban. Afortunadamente, para ellos claro, esa familia se había agrandado con tres nuevos hijos, Wysk y los gemelos; que eran la esperanza del futuro para Taranis.
-¿Qué hacemos con ellos? ¿Será ciertamente un noble?-inquirió el sargento, no sabiendo que pose adquirir.
-El gran líder sabrá que hacer.-respondió la archiduquesa, para luego dirigirse a Ichinén.-Tendrán el placer de conocer al gran líder. El decidirá qué haremos con ustedes.-
Poco rato después, mientras lady Engel los ahogaba con preguntas, la gran puerta del interior del salón se abrió. Ichinén y Victoria respondieron lo que pudieron aunque muchas cosas extrañas las callaron. Se daban cuenta que viajar a otros mundos, no iba a ser bien recibido entre gente que había sufrido invasiones de demonios dimensionales. Simplemente dijeron que venían de otras tierras. Ni que hablar de que sus compañeros de viaje eran dos gatos, y que encima hablaban. A todo esto, Teban y Dulce, intentaban infiltrarse discretamente por la ciudad. Los soldados los habían ignorado por completo, creyéndolos simples animales del campo. Apenas uno había visto pasar un borrón gris y blanco cerca de su bota, amagando una patada que no llegó a dar en el blanco.
Lady Engel notaba que algo escondían, por lo que continuaba sus inquisiciones. El sargento estaba cada vez más aburrido y desconfiaba que eso fuera verdad.
-No sabemos si es verdad que sea el duque de donde dice.-espetó el sargento, de mala manera.
-Lo es.-respondió con fría simpleza la regente de esa región.-Lo conozco, aunque él no me debe recordar. Ha crecido mucho, pero sigue teniendo el mismo rostro.-
Ichinén la miró intentando rememorar como se habían conocido.
-Ichinén fue un pequeño de once años, que tiró todo el mantel del banquete en la capital de Mitjaval. Por eso iba a ser recordado por muchos años. Intentando defender el honor ofendido de una niña amiga mía. Unos bravucones nos molestaban e insultaron a mi amiga, él como todo caballero andante la defendió y se trensó en lucha con tres sujetos que lo doblaban en tamaño. Jamás vi a nadie hacer algo tan estúpido. El resultado fue que tiraron toda la mesa del banquete, pero al único que pescaron en el acto mismo fue a Ichinén. No me extraña que fueran vencidos, nunca supieron bien que batallas librar y cuales no.-
-Ahora recuerdo, tenías menos de diez años y usabas trenzas.-
-Ocho precisamente, aun soñaba con buenos casamientos y ser un orgullo para mi reino. De hecho, cuando mi padre me dijo que entre los posibles nobles estaba el que había defendido a mi amiga, creí que no sería tan mal partido, aunque sus acciones me parecieron idiotas y temerarias. Conversando con mi amiga, supe que ella estaba prendada de él y nunca quise que mi padre iniciara tratativas. Más tarde supe que nuestro abolengo no era suficiente para los “elevados” requerimientos de la corona de Azaláys. Como ve, “milord” Ichinén. Las cosas han cambiado mucho. Es usted un noble sin tierra y en otro sitio alejado, donde no tiene influencia o poder. Es nadie aquí.-
-¿Qué les ha pasado a ustedes? Taranis no era así, de como la recuerdo. Era más semejante a Mitjaval o incluso a mi reino.-preguntó Ichinén, bajando la vista con pesar.
-El infierno, Ichinén. El infierno nos ha pasado por encima.-respondió la mujer, acercándole el rostro.
En ese momento, las grandes puertas se abrieron. Una joven de cabello enrulado y escarlata entró con paso marcial y ceremonioso, aunque tranquilo. Se escuchó a lady Engel maldecir por lo bajo.
La joven de encendido cabello rojo, era más que hermosa. Su vista parecía un poco perdida o distraída, por decir algo.
-Milady Sybilla.-saludó la mujer con una leve reverencia.
-Hay dos del primer anillo.-comentó la mujer pelirroja, como si todos entendieran a que se refería, aunque para nada era así.
Lady Engel se giró a Ichinén y lo mostró como trofeo, explicando algo incómoda que estaba ocurriendo allí. La hija los miró con ojos vacíos, carentes de estímulo.
-Saluda a la hija del gran líder, Sybilla Tenebris de Taranis, sacerdotisa del don. Muéstrale tus respetos, duque quebrado.-
-La luna está en lo alto y con su luz, ilumina a su hijo, dándole poder.-acotó Sybilla, como si todo tuviera un completo sentido.
A la mujer, solo dos personas la ponían nerviosa o incómoda, el gran líder y su hija. El hombre por ser su líder y salvador. Pero la hija porque estaba ida completamente. La archiduquesa sonrió, como se le hace a los locos cuando dicen solo incoherencias.
-Aquí puedes ver los efectos que tuvieron algunas acciones de los demonios en nuestra gente. La hija del líder no fue la misma desde que los demonios jugaron con su don.-
Sybilla se acercó a Ichinén y se arrodilló a su lado. Algo en la joven ponía incómodo a Ichinén. De repente, el salón estaba vacío y solo la pelirroja y el guerrero estaban de pie en él. Ella solo señaló a un costado, mirándolo fijamente.
Cuando esa visión se detuvo, todo estaba como antes y escuchó a lady Engel preguntar.
-¿Leíste su mente? ¿Qué intenciones tiene?-
-Llegar a casa, viene de muy lejos, muchos lejos, aunque ha conocido a gente muy interesante.-respondió Sybilla, con algo más de coherencia, aunque la regente de Ephira no lo creyó así.
Ichinén conocía relatos de que existía gente con esos dones en Taranis, pero que no eran mayoría, había oído de que cierto tono de cabello rojo era condición necesaria o un efecto de ese don, no estaba claro. Seguramente debido a esos dones o poderes, su revuelta contra los demonios había tenido éxito, sino habrían fracasado como en otros reinos.
-Tu padre decidirá qué hará con ellos.-
Sybilla repitió el gesto con Victoria, como leyendo su mente.
-Él vivirá.-replicó la joven colorada.
-Eso lo decidirá tu padre.-
-Vivirá.-
Johan rompió su mutismo con una risa sofocada, lo que le valió una patada a los riñones, propinada por el sargento.
Lady Engel no contradijo a la princesa, su locura y pedantería la superaban. Y aquello era decir demasiado. Cuando la sacerdotisa se separó de Victoria le susurró por lo bajo una palabra que la hizo sobresaltar.
-La están esperando, Majestad. No puede tardar más.-
Victoria no dijo nada, pero tembló de pies a cabeza. Sybilla se incorporó y encaró a la otra mujer de Taranis. Sin darse cuenta, la archiduquesa dio un paso atrás.
Un gran cortejo entró al salón, no había forma de confundirse, quien encabezaba al grupo era Ranzig. Un hombre de casi sesenta, con barba rubia y unos ojos fríos pero destellantes.
-Querida hija, te fuiste de la presentación de tus pretendientes sin definir nada. Milady Engel.-exclamó Ranzig en tono pausado.
-Gran líder.-reverenció la mencionada mujer.
-No me interesa ninguno padre, puedes ejecutarlos.-
-Los mandaré a sus casas, no puedo ejecutarlos.-replicó apenas divertido el hombre.-A menos que te hayan ofendido en alguna forma. ¿Quiénes son estos?-
En ese momento, el líder tarano notaba la presencia de rodillas de los tres prisioneros. Johan, que había estado inusitadamente silencioso desde su último castigo. Y claramente, Ichinén y Victoria atraían más su atención. Le explicaron brevemente, entre Lady Engel y el sargento quienes eran o decían ser.
-¿Qué desea que hagamos con ellos?-
Ranzig permaneció pensativo un momento y miró fijamente a Ichinén a los ojos.
-Así que este es el hijo del duque de Menkalinam, me manchó un muy buen traje con ese derrumbe festivo. Casi hasta parece un señor, y no el niñato que es.-
Lady Engel sonrió, reconociendo los gestos clásicos de su líder. Esperó pacientemente, mientras lord Ranzig daba las órdenes pertinentes.
-A este bufón puedes matarlo o tenerlo como esclavo juglar.-
-Nos hace falta un músico que toque en los festivales en su honor, mejor será que viva.-adujo la archiduquesa.
-Bien. ¿Qué te parece la mujer?-
-Podría tomarla como esclava amante, si usted lo permite milord.-
El gran líder Ranzig asintió con un dedo en el aire.
-En cuanto al tal Ichinén, el hijo del duque azalayano… Ejecútenlo en la dama de hierro.-
Victoria se removió, no sabiendo que era más espantoso, si ser la esclava de esa siniestra mujer o que ejecutaran a su amigo sin más.
-No, padre.-se escuchó decir a Sybilla, la única que contradecía abiertamente al gran líder.
Lady Engel tuvo deseos de lanzarle cuchillos en ese instante. Solo un loco podía atreverse a llevarle la contraria a Ranzig el terrible. Y su hija estaba bien loca, eso lo sabía la regente de Ephira.
-¿Por qué razón no, hija?-inquirió Ranzig con cara de hastío.
-Ya elegí mi pretendiente, es este, padre.-
La joven de cabello ardiente señaló a Ichinén y este no supo si sentirse a salvo o temer más aún. El hombre que dirigía todo Taranis no dijo nada por un largo minuto, finalmente resopló de aburrimiento y cansancio.
-Pues bien, que se case.-y se retiró nomás de decir eso.
Lady Engel lo siguió, acompañándolo por el salón hasta salir.
-¿Es seguro, milord?-
-Si, mi querida archiduquesa. De esta forma, me quito dos problemas de encima. Caso a la más problemática de mis hijos y tengo vigilado a un posible enemigo. Me falta únicamente, casar al “gallardo” primogénito mío.-
La mujer dejó al líder en el umbral y regresó con los otros. Miró a Sybilla con marcado resentimiento, pero esta le devolvió una expresión carente de toda emoción. Por unos segundos mantuvo esa vacía gesticulación y se retiró sin decir nada.
-Esto no está bien, debemos ejecutar a los extranjeros.-manifestó el sargento, señalando a Ichinén y a Johan.
-El líder ha dado sus órdenes y se harán de esa forma.-respondió malhumorada lady Engel.
-Alguien debe decirle que es mala combinación, juntar a este sujeto con su hija demente.-
Lady Engel se encaró al hombre y siguió por el costado. Al hacer un movimiento rápido, ni Victoria ni Ichinén entendieron que ocurría. No se veía claramente desde su ángulo. Recién cuando Johan gritó asqueado por la sangre que caía sobre su hombro y al ver al sargento agarrarse el cuello; supieron que había hecho la mujer.
-Nadie contradice las órdenes del líder, nadie.-
El sargento se derrumbó en el piso, a medio camino entre Johan de rodillas y salpicado de sangre, y de Ichinén junto a Victoria, presas del asco y la sorpresa.
La mujer de cabello oscuro, ordenó a dos soldados que retiraran el cuerpo, a otros dos que limpiaran lo ensuciado y al resto que se llevaran a los tres prisioneros.
Ichinén intentó mirar a Victoria, para saber a que celda la llevarían; pero apenas en el primer pasillo se vieron separados. Johan y él cayeron sobre el polvo de la mazmorra. Victoria estaba varios niveles más arriba en ese palacio, junto con lady Engel.